- Dramática historia se oculta tras un cuadro

Por Alberto Tea Guzmán
Reportero del Periódico "El Mañana"
Reynosa, Tam.
1967

Detrás de un cuadro que contiene una pintura al pastel, reflejando la tierna historia de un viejecito dando de comer a su perro, se oculta la dramática historia.
El pintor Artemio Guerra plasmó con su habilidad, creatividad, y sobre todo, con su natural y exquisita sensibilidad, al ancianito que permaneciera para siempre en el anonimato, porque jamás se supo su nombre, no tenía a nadie en este mundo, sólo sus siete perros que, fieles, lo siguieron hasta su muerte.
Físicamente desapareció ya de este mundo, pero ha quedado para la posteridad plasmado en el cuadro con un título altamente sugestivo y profundamente conmovedor: "Toda su familia" donde aparece solamente él y uno de sus leales canes.
En este caso, con un profundo dramatismo, se remonta hace aproximadamente cuatro años, cuando Artemio, con el ojo de pintor alerta a cualquier posible persona u objeto que sirviera de modelo, vio y observó detenidamente al viejecito, en una calle citadina.

Solía el viejecito ir a una carnicería a comprar chicharrones diariamente y dar de comer a sus perros, pero -acota Artemio- no arrojaba al suelo el alimento a los animales, se los daba con su mano, y él mismo comía de ahí.
En esa época nuestro hombre traía una lesión en un pie, lo había atacado una rata, ya que dormía en la vía pública. Dedicado a recolectar cartón de desperdicio para venderlo y así poder subsistir.
Se entabló la relación entre el pintor y el viejecito, y el primer paso fue tratar de llevarlo a inyectar. Todo sistema de persuasión fue inútil, por nada del mundo aceptaba esto, hasta que cedió y la herida cicatrizó.
Era una herida más en el cuerpo, pero quién sabe cuántas más llevaría en el alma. Y el viejecito con su imagen triste, su luenga y blanca barba, como "Santoclós" cargando un costal y su cartón, y detrás sus perros.
El pintor convenció al ancianito y este convino en posar para los entusiastas alumnos del Taller de Pintura "José Clemente Orozco" que dirige Artemio, los que, a cambio le gratificaban con dinero en efectivo.

Acostumbraba comer en el barrio de El Central, y se quejaba de que antaño, con dos pesos cenaba, y ahora, esta misma cantidad sólo le alcanzaba para un café y pan. Protestaba por "lo caro que está todo".
No sabía contar, y cuando recibió su primera gratificación, que sumaban cerca de 60 pesos preguntó si eso le alcanzaría para comer.
Tras satisfacer su apetito, lo primero que hizo el viejecito fue cortarse su barba y con ello privó de este motivo de interés de los incipientes pintores, que se conformaron con hacer apuntes de su figura.
Considera Artemio que, con esta determinación, el ancianito quizá pretendió estar más presentable en las sesiones de pintura.

Posteriormente, hace dos semanas aproximadamente; basado en los apuntes y con la memoria fresca sobre la figura del viejecito, Artemio pintó el cuadro que nos ocupa, el cual exhibe en su primera exposición individual , en el Salón de Actos del Palacio Municipal.
Y casualmente se enteró que hace unas tres semanas, el ancianito desconocido murió; solo, en la vía pública, como vivió siempre. Un caritativo conductor de una camioneta lo descubrió, lo levantó y lo llevó al Hospital Civil, pero ya era tarde.
Y sus siete perros no se querían retirar de ahí.
Se fue para siempre el ancianito que quedó ahí plasmado también semieternamente, en el cuadro al pastel, que con su especial colorido despide un calor humano, inmediatamente perceptible, con la estampa de nuestro hombre alimentando a su perro con la mano.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Que anecdota, es la calidez humana que provoca la sensibilidad artistica... Grande Artemio
Un Fuerte Abrazo Maestro
Obed Calderón

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